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La historia de Renata: sola en el hospital durante 31 días y una petición familiar inesperada

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Se llamaba Teresa.

Tenía setenta años.

Había trabajado conmigo durante once antes de jubilarse.

Nos veíamos quizá tres veces al año.

Cuando se enteró de mi accidente apareció con un peine, crema para las manos y un libro.

—¿Por qué trajiste un peine?

—Porque en los hospitales nadie piensa en el cabello.

Tenía razón.

Volvió dos días después.

Y después otra vez.

No diariamente.

No tenía obligación.

Precisamente por eso cada visita significaba muchísimo.

Una tarde me ayudó a caminar por el pasillo.

—Tu familia sigue sin venir.

—No empieces.

—No estoy empezando. Estoy observando.

—Están ocupados.

Teresa me miró.

—Todos estamos ocupados para aquello que decidimos que puede esperar.

Me molestó.

Porque era verdad.

EL DÍA VEINTICINCO TOMÉ UNA DECISIÓN

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