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La sonrisa del juez desapareció cuando una niña de cinco años le preguntó: "¿Es usted el abuelo Everett?", después de llamar a su madre desde la sala del tribunal.

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Por primera vez en veinticinco años, Everett sonrió sin forzar la sonrisa.

Luego dio comienzo a la jornada.

Pero todo era diferente.

Porque ahora comprendía que ser juez no lo eximía de cometer errores.

Eso solo significaba que tenía que ser lo suficientemente valiente como para enfrentarlos.

Y cuando finalmente terminó la sesión judicial, Everett bajó del estrado y se dirigió directamente a las dos personas que lo esperaban.

Su hija.

Su nieta.

Su familia.

La familia que casi había perdido sin siquiera darse cuenta.

Esa tarde, mientras Lily le cogía la mano al cruzar las puertas del juzgado, Everett la miró.

¿Volverás a ver al abuelo?

Ella sonrió.

"Por supuesto."

Y por primera vez en años, Everett se fue a casa con algo que no había sacado de ese juzgado en décadas.

Esperanza.

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