Las dos líneas rosas
Cuando vi aparecer las dos líneas rosas en la prueba de embarazo, rompí a llorar.
No porque tuviera miedo.
Porque yo era feliz.
Pensé que era un milagro.
Me temblaban las manos mientras sostenía la prueba y corrí a la cocina a buscar a Diego. Estaba sentado allí, bebiendo café como si nada en el mundo pudiera perturbar su falsa calma.
—Estoy embarazada —dije, con la voz quebrada por la emoción.
Diego no sonrió.
No me abrazó.
Ni siquiera me preguntó si estaba bien.
Simplemente colocó lentamente su taza de café sobre la mesa y me miró con ojos fríos, como si acabara de descubrir algo repugnante en su propia casa.
“Eso es imposible.”
Se me hizo un nudo en la garganta.
"¿Qué quieres decir?"
Diego soltó una risa burlona.
“Me hice la vasectomía hace dos meses, Laura. No soy tonto.”
Esa frase me impactó como una bofetada.
Un idiota.
El hombre con el que había vivido durante ocho años, el hombre que una vez prometió afrontar conmigo todas las dificultades, ahora me hablaba con tanto desprecio.
Intenté explicarle que el médico lo había dejado muy claro: después de una vasectomía, aún se necesitaba tiempo para las pruebas de seguimiento. Teníamos que esperar la confirmación. No era como si la cirugía lo hubiera vuelto estéril al instante.