Regresó veinte minutos después acompañado por una enfermera y la trabajadora social. Informaron que, si mi estado se mantenía estable durante el traslado, podía abandonar el hospital y recibir cuidados en casa.
—¿En casa? —pregunté.
Julián asintió.
—Llevas semanas diciendo que no quieres morir mirando estas paredes.
Los médicos habían considerado el traslado demasiado arriesgado, pero Julián llevaba días organizando todo. Había conseguido una cama especial, oxígeno, medicamentos, atención de enfermería y el equipo necesario para mantenerme cómoda. También había hablado con mis hijos y preparado la habitación principal.
—¿Eso era lo que escondías? —pregunté.
—Una parte.
A pesar de las preocupaciones de mi familia, acepté. No quería pasar mis últimas horas escuchando máquinas y pasos en un pasillo. Quería regresar al lugar donde había vivido mis mejores días.
El traslado se realizó aquella tarde. Cuando la ambulancia se detuvo frente a nuestra casa, vi desde la camilla que el jardín estaba lleno de pequeñas luces blancas. Habían colocado una rampa en la entrada y retirado algunos muebles para facilitar el paso.
Al entrar, percibí el olor de las galletas de canela que siempre preparaba con Clara durante los fines de semana. Sonaba nuestra canción favorita, aquella que Julián y yo habíamos bailado el día de la boda.
Pero la sorpresa más grande estaba en la sala.
Había fotografías colgadas desde el techo hasta las paredes. No eran imágenes tristes ni recuerdos elegidos para un funeral. Eran fotografías de nuestra vida: el nacimiento de los niños, los cumpleaños, los viajes, los desayunos desordenados y las tardes en el parque. También había cartas escritas por mis antiguos alumnos, vecinos, familiares y compañeros de trabajo.
Julián acercó la camilla a la primera pared.
—No quiero que estos tres días sean una espera —dijo—. Quiero que sean una celebración de todo lo que ya vivimos.
Comencé a llorar.
Entonces comprendí su sonrisa en el hospital. No estaba feliz porque mi vida terminara. Sonrió porque el médico nos había dado una medida de tiempo, y Julián había decidido llenarla de significado.
La primera noche, mis hijos se acostaron junto a mí. Mateo llevó una caja con videos familiares. Vimos la grabación de su primer cumpleaños, cuando metió las manos en el pastel y luego intentó limpiarlas en la camisa de su padre. Clara me leyó una historia que había escrito para la escuela. Trataba de una mujer que podía guardar recuerdos dentro de frascos para entregarlos a quienes amaba.
Mi madre preparó la sopa que me hacía cuando era niña, aunque apenas pude probar una cucharada. Mi hermana se quedó despierta peinando suavemente el poco cabello que me quedaba.
Por primera vez en semanas, nadie hablaba de tratamientos ni resultados. Solo hablábamos de nosotros.
A la mañana siguiente, Julián volvió a sorprenderme. Colocaron una mesa pequeña junto a la cama y llevaron flores blancas al jardín. Un amigo de la familia, que también era juez civil, llegó vestido de manera formal.
—¿Qué está pasando? —pregunté.
Julián se arrodilló frente a mí.
—Hace dieciocho años prometí amarte en la salud y en la enfermedad —dijo—. Lo hice sin entender realmente lo que esas palabras significaban. Quiero volver a prometerlo ahora que sí lo sé.