Había organizado una renovación de nuestros votos matrimoniales.
No llevé vestido blanco ni pude levantarme de la cama. Clara colocó una pequeña corona de flores sobre mi cabeza y Mateo ayudó a su padre a ponerse la misma corbata que había usado en nuestra boda.
Los vecinos se quedaron en el jardín. Otros familiares participaron mediante videollamadas. Julián tomó mi mano y repitió sus votos con la voz quebrada.
—Te elegiría otra vez, incluso sabiendo que nuestro tiempo sería corto. Te elegiría porque la duración no decide el valor de una vida. Lo decide lo que hacemos mientras estamos juntos.
Cuando llegó mi turno, apenas podía hablar.
—Pensé que tu sonrisa significaba que ya habías aceptado perderme —le dije—. Ahora entiendo que significaba que todavía no habías terminado de amarme.
Él apoyó la frente contra la mía.
—Nunca terminaré.
Aquella tarde recibí visitas de personas a quienes no veía desde hacía años. Una antigua alumna me contó que había decidido estudiar educación porque yo le enseñé a leer cuando otros pensaban que no podría hacerlo. Un vecino me agradeció haber cuidado a su esposa durante una crisis. Mi mejor amiga llevó una caja con todas las cartas que nos habíamos enviado cuando éramos adolescentes.
Fue extraño escuchar esas historias mientras todavía estaba viva. Normalmente esperamos hasta un funeral para decir cuánto significó una persona. Julián no quería que yo me marchara sin escuchar esas palabras.
El segundo día mi estado empeoró. Dormía durante períodos más largos y me costaba respirar. Aun así, despertaba cada vez que sentía la mano de alguno de mis hijos.
Hablé con Mateo en privado. Le dije que no tenía que convertirse en el hombre de la casa ni ocultar el dolor para proteger a los demás. También le pedí que terminara sus estudios y que no abandonara la música, aunque creyera que no era una profesión segura.
Con Clara hablé de cosas más sencillas. Le expliqué cómo preparar las galletas de canela y dónde guardaba las cartas que había escrito para sus próximos cumpleaños. Ella me hizo prometer que intentaría visitarla en sus sueños.
—Haré todo lo posible —respondí.
Después hablé con Julián.
—¿Qué harás cuando yo no esté?
Él tardó en responder.
—Despertarme. Preparar el desayuno. Llevar a los niños a la escuela. Llorar cuando necesite hacerlo. Y seguir viviendo porque tú te enfadarías si convierto el resto de mi vida en una sala de espera.
Sonreí.
—Me conoces demasiado bien.
Durante la tercera noche desperté poco antes del amanecer. La casa estaba en silencio. Julián dormía sentado junto a la cama con una mano sobre la mía. Afuera todavía brillaban algunas de las luces colocadas en el jardín.
Sentía que mi cuerpo se alejaba lentamente, pero no tenía miedo.