Esteban extendió la mano hacia Rodolfo, recibió el contrato y, en lugar de entregárselo al policía o devolvérselo enseguida, desdobló con cuidado la última hoja que permanecía pegada contra el reverso.
Rodolfo dio un paso hacia él.
—Eso ya está explicado.
—Entonces no te va a molestar que lo lea completo —respondió Esteban.
Jacinto seguía junto al portón, con una mano sobre el hierro y la otra ligeramente extendida hacia Mateo e Inés, como si necesitara comprobar que los niños continuaban detrás de él.
Mateo no soltaba a su hermana.
Inés tenía la muñeca de Lupita apretada contra el pecho.
Uno de los policías observó el papel, pero ya no intentó abrir el portón.
Esteban leyó primero en silencio.
Después volvió al principio.
—Aquí dice que los $4,800 serían descontados del trabajo del padre de Mateo —dijo.
Rodolfo resopló.
—Eso fue lo acordado.
—Sí.
Esteban pasó el dedo por varias líneas escritas al final de la hoja.
—Y aquí aparecen los descuentos.
Mateo levantó la cara.
Rodolfo intentó quitarle el documento.
Esteban retrocedió.
—No lo toques.
Fue una frase corta, pero Jacinto no recordaba la última vez que había escuchado a su hijo hablarle así a alguien para defender algo que estuviera dentro de aquel rancho.
Esteban continuó leyendo.
Había fechas, cantidades y una anotación final junto al nombre del padre de Mateo.
No era elegante.
No era complicada.
Era suficiente.
El último saldo escrito era cero.
Mateo abrió la boca, pero no le salió ninguna palabra.
Inés se pegó a su brazo.
—Mi papá decía que ya había pagado —murmuró al fin Mateo—. Decía que solo necesitaba juntar para irnos.
Rodolfo señaló el documento.
—Eso no demuestra que yo haya recibido todo.
Esteban levantó la hoja.
—La anotación está debajo de tu firma.
El policía más cercano pidió ver el contrato.
Esteban se lo entregó sin soltarlo hasta que el agente tuvo ambas manos sobre el papel.
Rodolfo dejó de hablar durante unos segundos y miró primero a los uniformados, después a Esteban y finalmente a Jacinto.
Entonces cambió de argumento.
—Aunque la deuda estuviera cubierta, esos niños están solos y este hombre no está bien de la cabeza.
Jacinto sintió el golpe de la frase, pero no respondió.
Miró a su hijo.
Esteban cerró los ojos apenas un instante.
—Eso fue lo que él me dijo —admitió.
Jacinto no se movió.
—¿Y tú lo confirmaste?
—No.
—Pero viniste con él.
—Sí.
Esa respuesta dolió más porque no intentó adornarla.
Esteban explicó que Rodolfo lo había buscado en Aguascalientes y le había dicho que Jacinto estaba confundido, que había recogido a dos menores desconocidos y que se negaba a entregarlos a quien supuestamente podía hacerse cargo de ellos.
También sabía exactamente qué decir para convencerlo.
Le habló de Lupita.
Le habló de la creciente.
Le recordó que Jacinto había seguido viviendo en el rancho después de que su hija muriera y de que Marta se apagara poco a poco.
Y Esteban, que durante dieciocho años había cargado con su propia rabia, aceptó demasiado rápido una versión que le permitía seguir creyendo que su padre siempre había sido el problema.
—Pensé que iba a encontrar otra desgracia aquí —dijo Esteban—. Pensé que iba a impedirla antes de que fuera tarde.
Jacinto miró hacia los niños.
—Y llegaste ayudando al hombre que quería llevárselos.
Esteban bajó la cabeza.
—Sí.
Rodolfo se impacientó.
—Ya estuvo bueno de confesiones familiares. Los muchachos no pueden quedarse aquí porque a este viejo le dio por jugar a la familia.
Mateo dio un paso al frente.
Jacinto quiso detenerlo, pero el niño habló antes.
—No está jugando.
Rodolfo soltó una risa seca.
Mateo continuó.
—Cuando llegamos nos dejó dormir en el establo porque no confiaba en nosotros. Luego vio que sí trabajábamos. Cuando mi hermana tuvo miedo con la tormenta, vino por ella. Cuando supo de nuestra mamá, abrió el cuarto de su hija.
Inés abrazó todavía más fuerte la muñeca.
—Y me dio a Lupita —dijo.
Jacinto tragó saliva.
—Te dio la muñeca de Lupita —corrigió con suavidad.
La niña asintió.
—Eso.
Por primera vez, uno de los policías miró hacia el interior del rancho y no hacia Rodolfo.
Vio las botas pequeñas junto al corredor, una cubeta limpia cerca del establo, el cepillo de Canela apoyado contra la pared y dos cobijas infantiles tendidas al sol.
No eran pruebas de ninguna autoridad legal.
Pero sí hacían más difícil sostener la historia de dos niños retenidos contra su voluntad.
El agente devolvió el contrato a Esteban.
—Este papel no le da derecho a sacar a los menores por la fuerza —dijo a Rodolfo—. Y menos con la cuenta que aparece aquí.
Rodolfo endureció la mandíbula.
—Entonces levanten un informe o hagan lo que tengan que hacer, pero yo no voy a perder lo que me deben.
Esteban sostuvo el documento entre ambos.
—No te deben nada.
Rodolfo lo señaló.
—Tú me buscaste también porque querías sacar a tu padre de este lugar.
Jacinto volvió lentamente la mirada hacia su hijo.
Aquello sí era nuevo para él.
Esteban no lo negó de inmediato.
Mateo se tensó.
Inés escondió media cara detrás del hombro de su hermano.
—¿Qué significa eso? —preguntó Jacinto.
Esteban tardó en responder.
—Que cuando Rodolfo me dijo que estabas enfermo pensé que tal vez era hora de hacerte vender el rancho.
La frase quedó entre padre e hijo como algo que llevaba años esperando una puerta por dónde salir.
Jacinto soltó el portón.
No gritó.
Eso desconcertó más a Esteban que cualquier insulto.
—Así que viniste por ellos y por la tierra.
—Vine porque pensé que no podías seguir solo.
—Nunca viniste a comprobar si estaba solo.
Esteban recibió el golpe sin defenderse.
Jacinto continuó.
—Dieciocho años, Esteban.
Su hijo levantó los ojos.
—Lo sé.
—No, no sabes.
Jacinto señaló la casa.
—Tu madre murió llamándote por tu nombre algunos días. Yo nunca te lo dije porque sabía que estabas enojado y porque también estaba enojado. Después pasaron meses. Luego años. Y cuando quise escribirte ya no sabía si quería pedirte perdón o reclamarte.
Esteban apretó los labios.
—Yo también esperaba que me buscaras.
—Y ninguno lo hizo.
—No.
Ese fue el primer acuerdo que tuvieron en casi dos décadas.
Rodolfo intentó aprovechar la distracción y se acercó al portón.
Mateo se puso delante de Inés.
Jacinto reaccionó al instante.
Pero esta vez Esteban llegó primero.
Cerró el portón completamente y bajó el pasador desde adentro.
El golpe del hierro resonó seco.
Rodolfo quedó del otro lado.
—¿Qué haces?
Esteban le tendió el contrato al policía por encima de las barras.