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El Contrato Que Esteban Tomó Delató La Verdadera Deuda De Rodolfo-lbsuong

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—Cambiar de lado antes de volver a equivocarme.

Rodolfo empezó a protestar, pero uno de los agentes le indicó que regresara a su camioneta mientras ellos terminaban de revisar la situación.

No hubo esposas.

No hubo discursos.

No hubo una victoria limpia como las que Mateo había imaginado algunas noches para poder dormirse.

Solo hubo un hombre furioso descubriendo que aquel pedazo de papel ya no servía para controlar a nadie.

Cuando la camioneta negra finalmente se alejó por el camino, Mateo siguió parado junto al portón.

No celebró.

—¿Va a volver? —preguntó.

Jacinto no le mintió.

—Puede intentarlo.

Inés lo miró con miedo.

—¿Y si vuelve con más gente?

Jacinto se agachó hasta quedar a su altura.

—Entonces haremos las cosas como deben hacerse. Sin esconderlos. Sin venderlos. Sin entregarlos porque alguien agite un papel.

La niña miró a Esteban.

—¿Él también se va a quedar?

Padre e hijo se observaron.

Jacinto no respondió por él.

Esteban tampoco buscó una salida fácil.

—Hoy sí —dijo.

Fue suficiente para esa tarde.

Los policías se marcharon después de dejar claro que el reclamo de Rodolfo tendría que seguir otro camino y que nadie se llevaría a los niños desde el rancho en ese momento.

Jacinto guardó el contrato en un cajón del comedor, no como trofeo, sino porque Mateo pidió conservar el único papel que contenía por escrito el saldo que su padre había terminado de pagar.

Luego fueron al corral.

Lucera estaba echada rumiando.

Palomo golpeó la tierra con una pata.

Canela, en cambio, caminó directamente hacia Inés y empujó con el hocico la muñeca de trapo que sobresalía de sus brazos.

—No —dijo Inés, riéndose por primera vez desde que había aparecido la camioneta—. Esta no se come.

Jacinto escuchó aquella risa y tuvo que mirar hacia otro lado.

Esteban lo notó.

No dijo nada.

Esa noche comieron los cinco en la misma mesa.

Cinco, porque Inés insistió en colocar la muñeca de Lupita sobre una silla vacía hasta que Jacinto le explicó que las muñecas podían acompañarlos sin necesitar plato.

Mateo apenas tocó los frijoles al principio.

—Come —ordenó Jacinto.

—No tengo mucha hambre.

—Eso dices porque estás preocupado.

Mateo levantó la vista.

Jacinto partió una tortilla.

—Preocuparse con el estómago vacío no mejora nada.

Esteban soltó una risa que desapareció enseguida al darse cuenta de que aquella frase se la había escuchado a Marta cuando era niño.

Jacinto también lo recordó.

Por un momento, el comedor tuvo demasiados ausentes.

Lupita.

Marta.

El padre de Mateo e Inés.

Alma, la muchacha que había llevado consigo una canción desde aquel rancho y que años más tarde se la cantaría a sus propios hijos.

Mateo rompió el silencio preguntando lo único que de verdad le importaba.

—¿Nos podemos quedar mañana también?

Jacinto apoyó las manos sobre la mesa.

—Mañana, sí.

El niño esperó.

—¿Y después?

Jacinto miró a Esteban antes de contestar.

—Después vamos a arreglar lo necesario para que nadie decida por ustedes a gritos en un portón.

Mateo frunció el ceño.

—¿Eso significa que nos quedamos?

Jacinto respiró hondo.

—Significa que mientras podamos hacerlo bien y ustedes quieran estar aquí, esta casa no los va a echar a la calle.

Inés sonrió.

Mateo no.

Sus ojos se llenaron y bajó la cara hacia el plato.

—Yo puedo trabajar más.

Jacinto negó con la cabeza.

—Vas a ayudar porque aquí todos ayudan. No para pagar una cama.

Mateo apretó el borde de la mesa.

—Mi papá decía que nadie regala nada.

—Tu papá tenía razones para decirlo.

Jacinto señaló el pasillo que llevaba al cuarto de Lupita.

—Pero una familia no lleva una cuenta de cuántas tortillas debes por dormir bajo techo.

Esteban dejó de comer.

La palabra familia había entrado en aquella casa de una manera que ninguno de los adultos podía controlar.

Más tarde, cuando los niños se fueron a acostar, Esteban permaneció en el corredor.

La puerta del cuarto de Lupita estaba abierta.

Durante dieciocho años la había recordado cerrada.

Inés acomodó la muñeca en medio de las dos camas.

Mateo dejó sus botas junto a la pared.

—Buenas noches —dijo Jacinto.

—Buenas noches, señor Jacinto —respondió Mateo.

Inés levantó una mano.

—Buenas noches, don Jacinto.

Jacinto apagó la lámpara y cerró la puerta hasta dejar una pequeña rendija.

Esteban seguía detrás de él.

—Nunca pensé que abrirías ese cuarto.

Jacinto se quedó viendo la madera.

—Yo tampoco.

Caminaron hasta el patio.

El aire había vuelto a ponerse frío.

Esteban señaló el portón.

—Rodolfo sabía que yo seguía enojado contigo.

—Eso ya lo entendí.

—Y yo sabía que él quería mano de obra barata. No sabía lo del contrato pagado, pero sí sabía cómo era.

Jacinto lo miró.

—Entonces pudiste preguntarte por qué tenía tanto interés en dos niños.

Esteban asintió.

—Sí.

No pidió perdón enseguida.

Tal vez por primera vez entendió que algunas disculpas no valen mucho cuando se pronuncian antes de aceptar completamente lo que uno hizo.

—Vine dispuesto a creer lo peor de ti —dijo—. Eso es lo que hice.

Jacinto apoyó los brazos sobre la cerca.

—Yo dejé que te fueras creyendo lo peor de mí.

Esteban respiró despacio.

—Te culpé por Lupita porque necesitaba culpar a alguien.

Jacinto miró hacia los cerros oscuros.

—Yo también me culpé.

—¿Todavía?

Jacinto tardó.

—Algunos días.

Esteban se acercó un poco.

—Yo pensé que si regresaba iba a sentir que la estaba traicionando.

—¿A tu hermana?

—A ella. A mamá. A mí mismo.

Jacinto asintió.

—Y yo pensé que si te buscaba estaba pidiendo que me absolvieras.

Ninguno sabía cómo arreglar dieciocho años en una noche.

Así que no lo intentaron.

A la mañana siguiente, Esteban seguía en el rancho.

Mateo lo encontró junto al portón con una caja de herramientas.

—¿Qué hace?

—Este pasador está chueco.

Mateo observó el metal.

—Siempre ha cerrado.

—Cerrar no significa funcionar bien.

Mateo se quedó pensando en la frase y luego fue por otra llave.

Trabajaron juntos hasta media mañana.

Inés pasó tres veces montada apenas unos segundos sobre Canela mientras Jacinto sostenía la cuerda y fingía que no estaba preocupado.

Después ayudó a recoger huevos.

Encontró diez.

Dejó dos en el nido.

—Son para la clueca —explicó a Esteban con seriedad.

—Entendido.

Al mediodía, Esteban anunció que regresaría a Aguascalientes.

Jacinto no preguntó cuándo volvería.

Eso habría sonado demasiado parecido a una exigencia.

Esteban guardó sus cosas en la camioneta y caminó hasta el portón recién ajustado.

Mateo levantó el pasador para dejarlo salir.

Entonces Esteban se volvió hacia su padre.

—El próximo domingo puedo venir.

Jacinto se quedó quieto.

—Si quieres.

—Quiero.

No se abrazaron.

Todavía no.

Esteban subió a la camioneta y se fue.

El domingo siguiente regresó con pan para todos y sin Rodolfo.

El siguiente también.

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