Durante casi cuatro años cuidé de mi vecina sin esperar absolutamente nada a cambio. Doña Elvira tenía ochenta y seis años, caminaba lentamente con un bastón y vivía sola en una casa que parecía haberse detenido en el tiempo. Yo le llevaba comida, la acompañaba al médico, le cambiaba bombillas, recogía sus medicamentos y algunas noches simplemente me sentaba junto a ella a escuchar historias que ya me había contado diez veces. Cuando murió, sus dos sobrinos aparecieron después de años de ausencia convencidos de que encontrarían dinero, joyas o alguna propiedad escondida.
Yo también fui llamada a la lectura del testamento, aunque no entendía por qué. El abogado entregó la casa a los sobrinos, unos ahorros modestos a una organización benéfica y, cuando llegó mi turno, colocó sobre la mesa una vieja lonchera metálica de color rojo, abollada en las esquinas y con el cierre oxidado. Los sobrinos comenzaron a reírse. Uno de ellos murmuró: “Cuatro años cuidando a la vieja para terminar con una caja de basura”. Yo no respondí. Tampoco sabía que dentro de aquella lonchera estaba el verdadero legado de Elvira y una verdad que cambiaría mi vida.
Mi nombre es Mariana.
Conocí a doña Elvira poco después de separarme de mi esposo.
Yo tenía treinta y ocho años y acababa de mudarme con mi hija Sofía a una pequeña casa alquilada en un barrio tranquilo.
Mi matrimonio había terminado mal.
No hubo una gran traición ni una escena espectacular.
Simplemente años de discusiones, deudas y una relación que dejó de parecernos un hogar.
Cuando llegué al barrio llevaba dos maletas, algunos muebles prestados y una cuenta bancaria que apenas alcanzaba para sobrevivir.
Doña Elvira vivía justo enfrente.
La primera vez que hablamos fue porque su bolsa de compras se rompió en mitad de la acera.
Las naranjas rodaron por todas partes.
Yo estaba entrando a mi casa y corrí a ayudarla.
—No te preocupes —me dijo—. Las naranjas también necesitan pasear de vez en cuando.
Me hizo reír.
Recogimos todo.
La acompañé hasta su cocina.
Su casa era antigua, pero estaba impecable.
Había fotografías en blanco y negro.
Libros.
Plantas.
Y sobre la mesa siempre descansaba aquella lonchera roja.