El hombre me interrumpió.
—¿Te fuiste después de dejar la nota?
La pregunta me pareció extraña.
—Sí, señor. Tenía que continuar trabajando.
—¿Nadie te obligó a dejarla?
—No.
—¿Había cámaras?
Miré a Daniela.
—No lo sé.
El hombre permaneció en silencio.
Después preguntó:
—¿A qué te dedicas?
Ahora estaba confundido.
—Soy repartidor.
—¿La moto era tuya?
—Sí.
—¿Estás asegurado?
—Tengo el seguro básico obligatorio, pero no creo que cubra un daño así.
Otra pausa.
—Mañana a las diez estaré en el mismo lugar. ¿Puedes ir?
Mi corazón se aceleró.
—Sí.
—Bien. Hablamos allí.
Colgó.
—¿Qué dijo? —preguntó Daniela.
—Que vaya mañana.
—¿Cuánto quiere?
—No dijo.
Dormí muy poco.
Calculé mentalmente todas las posibilidades.
Podía vender la motocicleta.
Pero sin motocicleta no podía trabajar.
Podía pedir un préstamo.
Ya debía uno.
Mi hermano quizá podía ayudarme con algo.
Pensé incluso en hablar con mi jefe para pedir un adelanto.
Al día siguiente llegué veinte minutos antes.
El automóvil estaba allí.
El dueño apareció exactamente a las diez.
Era un hombre de unos cincuenta años.
Camisa blanca.
Pantalón oscuro.
Nada llamativo.
Extendió la mano.
—Alejandro.
—Javier.
Nos acercamos al vehículo.
Yo señalé el daño.
—Aquí fue donde lo golpeé.
Alejandro observó la puerta.
Después el espejo.
—Sí.
—Conozco un taller bueno, pero entiendo que usted probablemente quiera llevarlo al concesionario.
Me miró.
—¿Cuánto crees que cuesta reparar esto?
—No tengo idea.
—Bastante.
Sentí la garganta seca.
—Lo imaginaba.
Alejandro abrió el automóvil.
Sacó un sobre.
Pensé que era un presupuesto.
Me lo entregó.
—Ábrelo.
Dentro había unas hojas.
Era una cotización.
Vi la cifra.
Tuve que leerla dos veces.
Entre reparación, pintura, pieza original y mano de obra, el total era una cantidad que representaba varios meses de mi salario.
—Señor Alejandro…
—¿Puedes pagarlo?
Podía mentir.
Decir que sí.
Hacerme el orgulloso.
Pero no tenía sentido.
—No de una sola vez.
—¿Cuánto puedes pagar?
Pensé.
—Podría darle una parte ahora y el resto mensualmente.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Quizá un año.
Alejandro me observó.
Yo me sentía cada vez más pequeño.
—Tengo un hijo —continué, casi justificándome—. Y ayudo a mi mamá. Pero no quiero que piense que estoy evitando la responsabilidad. Fui yo.
—Ya sé que fuiste tú.
—Entonces dígame cómo podemos hacerlo.
Alejandro dobló la cotización.
—No vas a pagarme nada.
Creí que había escuchado mal.
—¿Perdón?
—Nada.
—No entiendo.
—Voy a reparar el automóvil.
—Pero yo lo dañé.
—Sí.
—Entonces debo pagarlo.
Alejandro sonrió ligeramente.
—¿Siempre eres así de terco?
—Mi esposa dice que sí.
Se apoyó contra el auto.
—Javier, ayer cuando encontré la nota pensé que era una broma.
No respondí.
—¿Sabes cuántas veces me han rayado un vehículo en estacionamientos?
—No.
—Varias.
—¿Y dejan notas?
—Nunca.
Aquello me sorprendió.
—Una vez me dañaron un parachoques completo y dejaron el carro como si nada. Otra vez alguien rompió una luz. Nadie apareció.
Miró mi nota.
La había guardado.
—Tú dejaste nombre, teléfono y una disculpa.
—Era lo correcto.
—Exactamente.
—Pero eso no borra el daño.
—No.
Sacó su teléfono.
Me enseñó algo.
Era una grabación de seguridad.
Mi accidente.
Se veía claramente cómo golpeaba el vehículo.
Después cómo detenía la motocicleta.
Miraba alrededor.
Entraba al edificio.
Regresaba.
Escribía la nota.
—Entonces sí había cámaras —dije.
—Sí.
Sentí vergüenza.
—Probablemente piensa que solo dejé la nota porque las vi.
Alejandro negó con la cabeza.
—En el video puede verse que nunca miraste hacia la cámara.
Tenía razón.
Yo ni siquiera sabía dónde estaba.
—Podías haberte ido.
—Sí.
—Y probablemente nunca habría sabido quién eras.
—También.
—Pero te quedaste.
Todavía no entendía.
—Señor, agradezco lo que dice, pero no quiero que piense que estoy buscando un premio por hacer algo normal.
Su expresión cambió.
—Eso es precisamente lo triste, Javier. Que hoy en día asumir un error parezca algo extraordinario.
Nos quedamos callados.
Entonces Alejandro me hizo una pregunta todavía más inesperada.
—¿Estás conforme con tu trabajo?
Me reí nerviosamente.
—Creo que hoy vine a hablar de su automóvil.
—Ya terminamos de hablar del automóvil.
—No voy a pagar.
—No.
—Entonces no terminamos porque todavía no lo comprendo.
Alejandro señaló mi motocicleta.
—Me dijiste que trabajas haciendo entregas.
—Sí.
—Yo tengo una empresa de distribución.
No sabía qué responder.
—Medicamentos, equipos médicos y productos para clínicas —continuó—. Tenemos una flota de vehículos y conductores.
Mi trabajo también estaba relacionado con medicamentos.
—Estoy buscando un supervisor de rutas.
Me reí.
Creí que estaba bromeando.
No lo estaba.
—Señor Alejandro, yo apenas terminé la secundaria.
—¿Sabes organizar rutas?
—Todos los días.
—¿Tratas con clientes?
—Sí.
—¿Sabes resolver problemas cuando una entrega falla?
—Sí.
—¿Llegas temprano?
Miró la hora.
Yo había llegado veinte minutos antes.
—Normalmente.
Sonrió.
—¿Y cuando cometes un error?
Miré la puerta rayada.
—Parece que dejo mi número.
Alejandro se rio.
—Eso me interesa más que muchos títulos.
Me entregó una tarjeta.
—No te estoy regalando un trabajo.
—Entiendo.
—Te estoy dando una entrevista.