Uno de los aspectos más conocidos del pensamiento de Confucio es la enorme importancia que concedía al aprendizaje.
Para él, aprender no era únicamente una actividad destinada a niños o estudiantes.
Era una tarea de toda la vida.
En uno de los pasajes más famosos de las Analectas, Confucio describe diferentes etapas de su propia existencia: a los quince años se orientó hacia el aprendizaje; a los treinta encontró firmeza; a los cuarenta dejó atrás muchas dudas; a los cincuenta comprendió mejor su lugar; y a los setenta llegó a una forma de libertad interior en la que podía seguir los deseos de su corazón sin apartarse de lo correcto.
Más allá de interpretar literalmente cada edad, el mensaje es extraordinario:
La persona no tiene que dejar de desarrollarse porque haya cumplido sesenta, setenta u ochenta años.
Sin embargo, muchas personas comienzan a decir:
—Eso ya no es para mí.
—Estoy demasiado viejo para aprender.
—¿Para qué voy a empezar ahora?
—Los jóvenes entienden esas cosas mejor.
Esta manera de pensar puede cerrar puertas mucho antes de que el cuerpo obligue realmente a hacerlo.
Aprender a utilizar un teléfono.
Cocinar una receta nueva.
Estudiar un idioma.
Conocer la historia de nuestra familia.
Leer.
Pintar.
Bailar.
Utilizar una computadora.
Aprender jardinería.
No necesitas convertirte en experto.
El aprendizaje también puede ser simplemente una manera de mantener curiosidad por el mundo.
Y la curiosidad tiene una ventaja enorme:
Nos obliga a seguir mirando hacia delante.
Una persona que piensa:
“Quiero aprender esto”
todavía tiene un pequeño proyecto de futuro.
Eso importa.
Porque uno de los peligros de la vejez puede ser vivir exclusivamente mirando hacia atrás.
“Cuando trabajaba…”
“Cuando mis hijos eran pequeños…”
“Cuando tenía veinte años…”
Los recuerdos son valiosos.
Pero no deberían ser el único lugar donde seguimos viviendo.
Confucio probablemente nos recordaría que mientras existe capacidad para aprender, todavía existe capacidad para transformarnos.
Y no necesitamos competir con los jóvenes.
Una persona de setenta años aprende desde un lugar completamente diferente.
Tiene décadas de experiencia con las que comparar lo nuevo.
Puede entender ciertos errores porque ya los cometió.
Puede reconocer qué información importa y cuál no.
La juventud tiene velocidad.
La edad puede aportar perspectiva.
Ambas son valiosas.
Por eso el primer principio podría resumirse así:
Nunca digas “ya es demasiado tarde” simplemente porque tienes más años.
Mientras puedas hacer una pregunta, todavía puedes descubrir algo.
2. CUIDA LAS RELACIONES, PERO NO INTENTES CONTROLAR LA VIDA DE LOS DEMÁS