Durante doce años fui madre de nueve niños que no había traído al mundo. Eran los hijos de mi hermana Mariana, a quien todos dimos por muerta después de que el automóvil en el que viajaba con su esposo fuera arrastrado por una crecida del río. Encontraron el cuerpo de él varios kilómetros más abajo. De Mariana solo recuperaron su bolso, una sandalia y parte de su chaqueta. Después de semanas de búsqueda, nos pidieron aceptar lo evidente. Yo tenía treinta y ocho años, vivía sola y de un día para otro pasé de ser “la tía Laura” a preparar nueve desayunos cada mañana.
Doce años después, el menor de aquellos niños, Samuel, entró a mi habitación a las dos de la madrugada con el rostro completamente blanco. Tenía catorce años y sostenía su teléfono con ambas manos. Pensé que se encontraba enfermo. En cambio, cerró la puerta y dijo: —Tía, necesito contarte algo antes de que te enteres por otra persona. Mamá está viva. Llevo tres meses hablando con ella. Creí que alguien lo estaba engañando por internet. Entonces reprodujo un audio. Escuché una voz que no había oído desde hacía doce años pronunciar el apodo que únicamente mi hermana utilizaba conmigo: “Lalita, si estás escuchando esto, sé que probablemente nunca vas a perdonarme.”
Me senté en la cama sin poder respirar.
—Ponlo otra vez.
Samuel negó.
—Primero déjame explicarte.
—Ponlo otra vez.
Lo hizo.
La voz era más grave.
Más cansada.
Pero era Mariana.
Mi hermana.
La mujer cuyo funeral habíamos celebrado sin cuerpo.
La mujer cuya fotografía había permanecido durante doce años sobre una mesa del comedor.
La madre de nueve niños a quienes yo había consolado mientras lloraban por ella.
Estaba viva.
EL DÍA EN QUE NUESTRA FAMILIA CAMBIÓ PARA SIEMPRE