No por los préstamos.
No por haber renunciado a determinadas cosas.
Gracias por conseguir que durante toda mi infancia yo nunca sintiera que mi existencia era una deuda.
La ironía es que solo comprendí cuánto había costado todo cuando ella ya no podía escucharme.
Por eso ahora intento decir las cosas antes.
Te quiero.
Gracias.
Necesito ayuda.
Perdón.
Cuatro frases que solemos guardar creyendo que siempre habrá otro domingo.
A veces no lo hay.
Yo descubrí la deuda de mi hermana demasiado tarde para ayudarla a pagarla.
Pero todavía estoy a tiempo de cumplir algo que escribió en una de aquellas hojas:
“Quiero que Andrés utilice lo suyo para Emma.”
Eso hago.
Mi tiempo.
Mi cariño.
Mis recursos.
Mi presencia.
No porque quiera convertir el amor en otra deuda que pase de generación en generación.
Sino precisamente porque Lucía me enseñó lo contrario.
Lo que recibes con amor no siempre tienes que devolverlo hacia atrás. A veces debes entregarlo hacia delante.
Y esa es la única deuda que ahora quiero seguir pagando.