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El misterioso objeto en el cajón de la cocina que resultó ser un utensilio olvidado del pasado

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Puede ocurrir en cualquier casa antigua. Abres un cajón buscando un cuchillo, una cuchara o un abrelatas y, entre utensilios modernos, aparece una pequeña pieza metálica cuya función resulta imposible de adivinar a primera vista. Tiene una punta peculiar, una abertura en uno de sus extremos y parece demasiado sencilla para pertenecer a algún aparato. Muchos terminan guardándola nuevamente porque piensan que forma parte de una herramienta perdida.

Sin embargo, objetos como este fueron indispensables durante décadas. Uno de los ejemplos que más confusión genera actualmente es el antiguo abridor de latas y botellas de palanca, conocido en algunos lugares como church key. Antes de las anillas fáciles de abrir y de muchos envases actuales, esta pequeña herramienta servía para perforar las tapas metálicas de ciertas latas y abrir botellas. Lo curioso es que algo que alguna vez estuvo presente en millones de cocinas puede parecer hoy un objeto completamente misterioso.

UN OBJETO EXTRAÑO PARA NOSOTROS, PERO COMPLETAMENTE NORMAL PARA NUESTROS ABUELOS
Imagina una cocina hace sesenta o setenta años.

No existían:

Envases con tapas fáciles de girar.

Latas con anilla.

Botellas plásticas como las actuales.

Electrodomésticos con docenas de funciones.

Muchos productos llegaban en recipientes metálicos.

Y para abrirlos se necesitaban herramientas.

Por eso los cajones de las cocinas contenían pequeños objetos que actualmente parecen pertenecer a un taller.

Uno de ellos era este sencillo abridor.

No necesitaba electricidad.

No tenía piezas móviles complicadas.

No ocupaba prácticamente espacio.

Y podía durar décadas.

Precisamente por eso todavía aparecen algunos en casas heredadas de padres o abuelos.

La herramienta sobrevivió.

La costumbre de utilizarla, no siempre.

¿CÓMO FUNCIONABA?
Dependiendo del modelo, podía tener dos extremos diferentes.

Uno permitía levantar la tapa metálica de una botella.

El otro terminaba en una pequeña punta o cuchilla diseñada para perforar determinados envases metálicos.

El funcionamiento era sencillo.

Se apoyaba una parte contra el borde de la lata.

Se utilizaba el cuerpo del utensilio como palanca.

Y la punta atravesaba el metal.

En determinados envases se hacían dos perforaciones.

Una mayor, por donde salía el líquido.

Y otra más pequeña, situada en el lado opuesto, para permitir la entrada de aire.

Ese segundo agujero hacía que el contenido pudiera verterse con mayor facilidad.

Puede parecer una técnica primitiva.

Pero era efectiva.

¿POR QUÉ DOS AGUJEROS?
Aquí aparece una pequeña lección de física escondida dentro de un utensilio doméstico.

Imagina una lata cerrada llena de líquido.

Si haces solamente una abertura pequeña e intentas vaciarla, el líquido puede salir de manera irregular.

¿Por qué?

Porque mientras el contenido sale necesita entrar aire para ocupar el espacio que queda.

Si no tiene una entrada independiente, aire y líquido intentan atravesar la misma abertura.

El resultado puede ser:

Salpicaduras.

Flujo interrumpido.

Ese característico sonido de “glug, glug”.

Por eso muchas personas perforaban el envase dos veces.

Una abertura para servir.

Otra para ventilar.

Era un procedimiento tan cotidiano que nadie necesitaba explicarlo.

Los niños lo aprendían observando a sus padres.

EL CAMBIO DE LOS ENVASES CONVIRTIÓ LA HERRAMIENTA EN UNA RELIQUIA

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