“MAMÁ, NO SÉ SI PUEDES VERME DESDE ALLÁ ARRIBA… PERO HICE ESTO POR TI”

Cuando pronunciaron mi nombre en aquel auditorio, más de mil personas comenzaron a aplaudir. Caminé hacia el escenario con una bata blanca, las piernas temblando y una fotografía pequeña escondida dentro del bolsillo, justo encima de mi corazón. Había esperado nueve años para llegar hasta allí. Nueve años estudiando de madrugada, trabajando los fines de semana y recordando una promesa que hice en una habitación de hospital. Cuando me entregaron el diploma y acercaron el micrófono para que dijera unas palabras, miré hacia el techo y no pude contener las lágrimas. “Mamá, no sé si puedes verme desde allá arriba… pero hice esto por ti.”

La gente se puso de pie. Algunos pensaron que simplemente estaba dedicando mi graduación a una madre fallecida. Nadie sabía que aquella mujer había limpiado pisos durante más de veinte años para que yo pudiera estudiar, que había vendido el único objeto valioso que poseía para pagar mi primera matrícula y que, pocos días antes de morir, me había hecho prometer algo que durante mucho tiempo creí imposible cumplir.

Mi nombre es Elena.

Crecí con mi madre, Rosa, en un apartamento tan pequeño que desde la cocina podíamos hablar con alguien que estuviera acostado en la habitación.

Nunca conocí a mi padre.

Según mamá, se marchó cuando supo que estaba embarazada.

Nunca volvió.

Rosa tenía diecinueve años cuando nací.

No terminó la escuela secundaria.

Trabajó en todo lo que pudo.

Lavando ropa.

Cocinando.

Cuidando ancianos.

Y finalmente consiguió un empleo estable como personal de limpieza en un hospital.

Yo tenía seis años.

Durante casi toda mi infancia recuerdo verla salir de casa antes del amanecer.

Usaba un uniforme azul.

Zapatos blancos.

Y siempre llevaba el cabello recogido.

A las cinco y media de la mañana entraba en mi habitación.

—Elena.

—Cinco minutos.

—Tus cinco minutos duran media hora.

Me hacía cosquillas.

Yo protestaba.

Después preparaba avena, me dejaba con una vecina y se marchaba.

Regresaba cansada.

Pero nunca decía:

“Estoy cansada”.

Decía:

—¿Hiciste la tarea?

Mi madre estaba obsesionada con mis estudios.

Si sacaba un ocho, preguntaba por qué no había conseguido un nueve.

Si sacaba un diez, pegaba el examen en el refrigerador.

—Tú vas a estudiar una carrera —repetía.

—¿Cuál?

—La que quieras.

Cuando tenía nueve años contesté:

—Quiero ser cantante.

Mi madre me escuchó cantar.

—Tal vez deberíamos pensar en otra.

Nos reíamos.

La idea de estudiar medicina apareció mucho después.

Tenía catorce años cuando mamá llegó a casa con una herida profunda en una mano.

Se había cortado accidentalmente con un vidrio mientras limpiaba una habitación.

La acompañé a urgencias.

Mientras esperábamos observé a una doctora joven.

Hablaba con cada paciente con una tranquilidad impresionante.

Había un niño llorando.

Ella se agachó frente a él.

Le explicó todo antes de tocarlo.

Cinco minutos después el niño estaba sonriendo.

—Quiero hacer eso —le dije a mamá.

—¿Qué cosa?

—Ser doctora.

Mamá me miró.

No se rio.

No dijo que era demasiado difícil.

No mencionó dinero.

Respondió:

—Entonces vas a ser doctora.

Así era ella.

Primero creía.

Después averiguaba cómo hacerlo.

Cuando llegó el momento de solicitar ingreso a la universidad descubrimos algo que ambas sabíamos, pero habíamos evitado hablar.

Estudiar medicina costaba mucho más de lo que podíamos pagar.

Conseguí una ayuda académica.

Pero no cubría todo.

Faltaban libros.

Transporte.

Materiales.

Matrícula.

Uniformes.

Mi madre dijo:

—Entrarás.

—Mamá, mira los números.

—Ya los miré.

—No podemos.

—Tú no puedes decir “no podemos” antes de que yo termine de intentarlo.

Durante semanas comenzó a salir de casa todavía más temprano.

Después descubrí que había aceptado un segundo turno.

Limpiaba oficinas por la noche tres veces a la semana.

Me enfadé.

—No vas a hacer eso.

—¿Quién es la madre aquí?

—Vas a enfermarte.

—Estoy bien.

—No necesito estudiar medicina.

Me miró con una seriedad que todavía recuerdo.

—Nunca vuelvas a renunciar a un sueño porque yo tenga que trabajar.

—Pero…

—Mi trabajo es darte una oportunidad. Lo que hagas con ella será tu responsabilidad.

Entonces ocurrió algo que no descubrí hasta años después.

Mi abuela había dejado a mamá un pequeño anillo de oro.

Era lo único que conservaba de ella.

Yo lo había visto cientos de veces.

Mamá casi nunca lo usaba.

Lo guardaba dentro de una caja de madera.

Un día desapareció.

Pregunté.

—¿Dónde está el anillo de la abuela?

—Lo guardé en otro sitio.

Mentira.

Lo había vendido.

Con ese dinero pagó parte de mi primer semestre.

No me enteré hasta mucho después.

Entré en la universidad.

Los primeros meses fueron horribles.

Todo el mundo parecía saber más que yo.

Había compañeros cuyos padres eran médicos.

Otros habían estudiado en escuelas privadas.

Hablaban de cursos que yo jamás había escuchado mencionar.

Yo trabajaba por las tardes en una cafetería.

Después estudiaba.

Dormía cuatro o cinco horas.

Una noche llamé a mamá.

—Voy a dejarlo.

—No.

—No puedo.

—Sí puedes.

—Estoy reprobando anatomía.

—Entonces estudia anatomía.

—No entiendes.

—Claro que entiendo.

—No, mamá. Tú nunca fuiste a la universidad.

Silencio.

En cuanto lo dije quise tragármelo.

Había sido cruel.

Mi madre respondió suavemente:

—Tienes razón. Nunca fui.

Me quedé callada.

—Pero sé bastante sobre querer abandonar algo y levantarse al día siguiente para hacerlo otra vez.