Comencé a llorar.
—Perdóname.
—Te perdono después del examen.
Aprobé.
Con siete.
Mi madre compró un pastel.
—¿Un pastel por un siete?
—Hace una semana ibas a abandonar. Hoy aprobaste. Claro que hay pastel.
Aprendí muchísimo de medicina durante aquellos años.
Pero creo que las lecciones más importantes continuaban llegando desde aquel pequeño apartamento.
Mamá nunca tuvo conocimientos científicos.
Pero entendía la perseverancia mejor que cualquier profesor.
Pasaron tres años.
Yo avanzaba.
Ella seguía trabajando.
Comenzó a adelgazar.
Al principio pensé que era por el cansancio.
Después empezó a toser.
—Ve al médico.
—Trabajo en un hospital. Estoy rodeada de médicos.
—Eso no significa que te revisen.
—Es una gripe.
No era una gripe.
Una tarde me llamaron mientras estaba en clase.
Mamá se había desmayado trabajando.
Cuando llegué a urgencias estaba conectada a varios equipos.
Una compañera de ella me abrazó.
—Elena…
Supe inmediatamente que algo estaba mal.
Las pruebas comenzaron.
Después una biopsia.
Después más estudios.
El diagnóstico fue cáncer.
Avanzado.
Recuerdo al médico hablando.
Pero las palabras parecían venir desde otra habitación.
Metástasis.
Tratamiento.
Pronóstico.
Opciones.
Yo solamente miraba a mi madre.
Ella me miraba a mí.
Cuando el médico salió, dijo:
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Como si ya estuviera muerta.
Comencé a llorar.
—Mamá.
—Todavía estoy aquí.
Los meses siguientes fueron los más difíciles de mi vida.
Quimioterapia.
Hospitalizaciones.
Dolor.
Náuseas.
Pérdida del cabello.
Yo quería abandonar la universidad para cuidarla.
Cuando se lo dije casi me echó de la habitación.
—Ni se te ocurra.
—Te necesito.
—Yo también te necesito graduada.
—Eso puede esperar.
—No.
—Mamá…
—Elena, escúchame.
Me tomó la mano.
—Si abandonas ahora, esta enfermedad habrá quitado dos vidas en lugar de una.
—No digas eso.
—Tengo que decirlo.
—Vas a mejorar.
No respondió.
Las madres también saben cuándo sus hijos están mintiendo para protegerlas.
Continué estudiando.
Pero pasaba todo el tiempo posible con ella.
Una noche llegué al hospital después de un examen.
Estaba muy débil.
Le llevé una sopa.
—No tengo hambre.
—Tienes que comer.
—Mira quién se convirtió en mi madre.
Sonrió.
Después señaló mi mochila.
—¿Cómo te fue?
—Bien.
—Eso significa mal.
—Probablemente un ocho.
—¿Y estás triste por un ocho?
—Quería diez.
Se rio.
—Ahora ya te pasaste.
Aquella noche hablamos durante horas.
Me contó cosas de su vida que nunca había preguntado.
Cómo sintió miedo cuando descubrió que estaba embarazada.
Cómo mi padre le pidió que interrumpiera el embarazo.
Cómo ella se negó.
Cómo trabajó embarazada hasta casi el último día.
—¿Nunca te arrepentiste?
Me miró sorprendida.
—¿De tenerte?
—Sí.
—Elena, tú eres la única decisión de mi vida de la que nunca dudé.
Me apoyé en su cama.
Lloramos juntas.
Dos semanas después los médicos nos dijeron que el tratamiento ya no estaba funcionando.
Mi madre pidió regresar a casa.
Quería dormir en su cama.
Sus compañeras del hospital ayudaron a organizar todo.
Yo suspendí temporalmente algunas prácticas, pero no abandoné los estudios.
Ella se aseguró de eso.
Cada día estaba más débil.
Una noche me llamó.
—Elena.
Me senté junto a ella.
—Estoy aquí.
—Abre el cajón.
Había una pequeña caja.
Pensé que eran documentos.
Dentro encontré un recibo antiguo.
Una casa de empeños.
“Anillo de oro.”
Entendí.
—Mamá…
—Ese fue el anillo de tu abuela.
—Me dijiste que lo habías guardado.
—Sí. Lo guardé en tu matrícula.
Comencé a llorar.
—¿Por qué?
—Porque tu abuela habría hecho lo mismo.
—Era lo único que tenías de ella.
—No.
Me tocó la cara.
—Tenía todo esto.
No pude hablar.
Ella continuó.
—Quiero que me prometas algo.
—Lo que quieras.
—Termina.
—Sí.
—No. Mírame.
La miré.
—Prométeme que vas a terminar aunque yo no esté.
—Mamá…
—Promételo.
—Lo prometo.
—Y una cosa más.
—¿Qué?
Respiró.
Le costaba.
—Cuando seas doctora, no olvides nunca a las personas que limpian las habitaciones.
Aquello me sorprendió.
Ella sonrió.
—Los médicos entran, revisan y salen. Las enfermeras corren todo el día. Pero nosotros también vemos cosas.
—Lo sé.
—Vemos cuando alguien llora después de que la familia se va. Vemos al anciano que nadie visita. Vemos a la madre durmiendo en una silla.
Se quedó en silencio.
—Trata bien a todos.
—Lo haré.
—No preguntes primero cuánto dinero tienen.
—Nunca.
—Entonces ya estoy tranquila.
Mi madre murió cuatro días después.
Yo tenía veintidós años.
Estaba a mitad de la carrera.
Durante semanas no quise levantarme.
No quería ver libros.
No quería entrar en un hospital.
Todo olía a ella.
Los pasillos.
Los productos de limpieza.
Las batas.
Incluso el sonido de las ruedas de las camillas.
Pensé en abandonar.
Muchas veces.
Una mañana abrí la caja.
Encontré el recibo del anillo.
Detrás mi madre había escrito algo.
“Cuando quieras rendirte, recuerda que ya pagué demasiado por ese título.”
Me reí mientras lloraba.
—Qué manipuladora eras.
Regresé a clases.
No fue una película.
No estudié con entusiasmo inmediatamente.
Hubo meses terribles.
Trabajé.
Pedí ayuda.
Conseguí nuevas becas.
Algunas compañeras de mamá hicieron una colecta sin decirme.
Cuando lo descubrí intenté devolver el dinero.
Una de ellas me dijo:
—Tu mamá cubrió turnos por todas nosotras alguna vez. Déjanos cubrir este.
Acepté.
Terminé medicina.
Pero todavía faltaba la especialización.
Elegí pediatría.
¿Por qué?
Porque nunca olvidé aquella doctora que vi cuando tenía catorce años hablando con un niño asustado.