—Me distraje viendo el juego —dijo papá.
Le creí.
En otra ocasión me llamó a las seis de la mañana.
—Laura, ¿a qué hora vienes por la niña?
—Papá, Valentina está conmigo.
Silencio.
—Claro.
Después se rio.
—Estaba soñando.
No le di importancia.
Ahora esas escenas parecen gigantescas.
En ese momento parecían puntos separados.
Fue Valentina quien los había conectado.
Aquella mañana del desayuno le pregunté:
—¿Cuántas veces el abuelo pregunta por la abuela?
Se encogió de hombros.
—Algunas.
—¿Y qué le dices?
—Que salió.
—¿Quién te pidió que dijeras eso?
—Él.
Sentí algo extraño.
—¿El abuelo te pidió que mintieras?
—No es mentir.
—Valentina.
—Es para que no se ponga triste.
Guardé silencio.
—¿Qué pasa cuando le dices que la abuela murió?
Mi hija comenzó a mover lentamente la cuchara.
—Una vez se lo dije.
—¿Y?
—Lloró mucho.
Eso me rompió.
Intenté no mostrarlo.
—¿Cuánto tiempo?
—No sé.
—¿Y qué te dijo?
—Que cómo había pasado.
Tuve que apartar la mirada.
Mi padre había olvidado la muerte de su esposa.
No una fecha.
No una conversación.
La muerte.
—¿Pasa solamente por la noche?
Valentina negó.
—A veces en la mañana.
—¿Qué más olvida?
No respondió.
—Cariño, necesito saber.
—Me prometiste que el abuelo podía quedarse en su casa.
Aquello me sorprendió.
—¿Cuándo te prometí eso?
—Nunca.
La miré.
—Entonces…
—Él dice que si tú descubres que se confunde lo vas a mandar a una residencia.
Sentí una mezcla de tristeza y enojo.
No con mi hija.
Con mi padre.
Había convertido a una niña de ocho años en guardiana de su secreto.
No sabía desde cuándo.
Pero entendí inmediatamente por qué Valentina pedía quedarse tanto con él.
No era solo diversión.
Estaba vigilándolo.
—¿Por eso quieres dormir allá?
Mi hija comenzó a llorar.
No necesitaba responder.
Me levanté y la abracé.
—Tú no eres responsable del abuelo.
—Pero está solo.
—Es adulto.
—Se olvida de comer.
La abracé más fuerte.
Otra pieza.
—¿Cuántas veces?
—A veces dice que ya comió, pero yo veo que la comida sigue en la nevera.
Sentí miedo.
Un miedo completamente diferente.
Mi padre conducía.
Tomaba medicamentos.
Utilizaba una cocina de gas.
Vivía solo.
Y yo había estado interpretando cada señal como parte normal de la edad.
Ese mismo viernes Valentina debía quedarse con él.
Pensé en cancelar.
Después cambié de idea.
Necesitaba observar qué ocurría realmente.
No quería enfrentar a mi padre basándome únicamente en lo que una niña había entendido.
Lo llevé todo como siempre.
Papá abrió la puerta.
—¡Llegó mi compañera de aventuras!
Valentina sonrió.
Yo lo estudié.
Camisa limpia.
Casa ordenada.
Barba recién afeitada.
Perfectamente normal.
—¿Todo bien, papá?
—Perfectamente.
—¿Dormiste?
—Como un bebé.
Miró mi cara.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Tienes cara de inspectora.
Sonreí.
—Solo estoy cansada.
Me despedí de Valentina.
Conduje unas seis calles.
Estacioné.
Esperé veinte minutos.
Después regresé caminando.
Me sentía ridícula.
Era mi padre.
No un desconocido.
Pero algo dentro de mí necesitaba verlo sin que supiera que estaba siendo observado.
La puerta lateral del jardín tenía un pequeño ventanal.
No iba a entrar escondida.
Solo quería acercarme.
Cuando llegué escuché voces dentro de la cocina.
Mi padre decía:
—Tu mamá va a enfadarse.
Valentina respondió:
—No.
—No debía dejarte aquí sola.
Mi corazón comenzó a latir rápidamente.
—Abuelo, mamá acaba de traerme.
Silencio.
—¿Laura?
—Sí.
—¿Laura estuvo aquí?
—Sí.
Otro silencio.
Entonces mi padre dijo:
—¿Y quién es tu mamá?
Me apoyé contra la pared.
Valentina respondió con una paciencia que ningún niño debería necesitar utilizar con su abuelo:
—Laura.
—Claro.
Mi padre soltó una risa nerviosa.
—Claro, claro.
Después escuché una silla moverse.
—¿Dónde está Carmen?
Carmen era mi madre.
Valentina guardó silencio.
—¿Salió?
—Sí.
—¿Adónde?
Mi hija respondió:
—A comprar pan.
Mi padre pareció relajarse.
—Siempre tarda muchísimo.
Tuve que taparme la boca para no llorar.
Aquella frase era exactamente una que decía cuando mamá estaba viva.
“Tu madre va a comprar dos cosas y tarda una hora.”
Los escuché durante otros minutos.
Valentina abrió un armario.
—Abuelo, tienes que tomar esto.
—Ya lo tomé.
—No.
—Sí.
—Está aquí.
—¿Cómo sabes?
—Porque pusimos las pastillas de hoy en esta cajita.
Mi hija estaba administrando los medicamentos de un hombre de setenta y dos años.
Ahí entré.
No pude seguir observando.
Abrí la puerta.
—Papá.
Él giró.
Su rostro cambió inmediatamente.
Por un instante vi miedo.
Después volvió a ser él.
—¿Qué haces aquí?
—Olvidé algo.
—¿Qué?
No tenía respuesta.
Valentina me miró.
Sabía que había regresado para comprobar.
—Papá, tenemos que hablar.
—¿Sobre qué?
—Sobre mamá.
Su expresión se endureció.
—¿Qué pasa con tu madre?
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Dónde está?
Mi padre me miró como si la pregunta fuera absurda.