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«Te saqué de nuestro chat familiar. Ahí solo estamos los de la familia», me dijo mi suegra. Me eché a reír: «Gracias. Llevaba tiempo queriendo salirme, pero me daba apuro»

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—Te saqué de nuestro chat familiar. Ahí solo estamos los de la familia —me informó mi suegra mientras dejaba su bolso sobre una silla.

Me quedé mirándola un segundo y luego me eché a reír.

—Gracias. Llevaba meses queriendo salirme, pero me daba apuro.

Carmen dejó de sonreír.

Mi marido, Javier, que estaba junto al frigorífico guardando unas botellas de agua, se giró lentamente hacia nosotras.

—¿Qué chat? —preguntó.

—El de la familia —respondió Carmen.

Era domingo, poco después de la una de la tarde. Carmen había venido a comer a casa, como casi todos los fines de semana. También estaban su hija Lucía y Andrés, el marido de esta.

Yo había preparado pollo al horno con patatas, una ensalada grande y una tarta de manzana.

Todo había empezado apenas diez minutos antes.

Lucía estaba sentada a la mesa mirando el móvil cuando soltó una carcajada.

—Mamá, ¿de dónde has sacado esa foto?

Carmen sonrió.

—Me la mandó tu tío Antonio.

—¿Qué foto? —preguntó Javier.

Lucía le enseñó la pantalla.

Javier miró la imagen y después sacó su teléfono.

—Qué raro. A mí no me ha llegado.

—Está en el chat de la familia —dijo Lucía.

Javier frunció el ceño.

—¿En cuál?

—En “Familia García”.

Yo seguí colocando los vasos sobre la mesa.

Conocía perfectamente ese grupo.

Durante casi cuatro años había formado parte de él.

Y, para ser sincera, nunca había entendido para qué.

Carmen mandaba mensajes de buenos días a las siete y media de la mañana.

Fotos de flores.

Vídeos de recetas que nadie preparaba.

Recordatorios de cumpleaños que todos conocíamos.

Fotos de familiares que Javier y yo ni siquiera sabíamos quiénes eran.

Y, de vez en cuando, algún mensaje dirigido claramente a mí.

“Una casa limpia dice mucho de una mujer.”

“Qué importante es cocinar para el marido.”

“Las familias de verdad pasan los domingos juntas.”

Normalmente yo no contestaba.

Javier tampoco.

Lucía, en cambio, respondía con algún emoji para evitar que su madre se enfadara.

Javier abrió WhatsApp.

—No encuentro el grupo.

Lucía levantó la vista.

—¿Cómo que no?

Carmen bebió tranquilamente un poco de agua.

—Porque hice algunos cambios.

Javier la miró.

—¿Qué cambios?

—Nada importante.

Entonces Carmen se volvió hacia mí.

—Por cierto, Elena, te saqué de nuestro chat familiar. Ahí solo estamos los de la familia.

Se hizo un silencio extraño.

Lucía dejó lentamente el teléfono sobre la mesa.

Andrés levantó las cejas.

Yo miré a Carmen.

Esperaba que me enfadara.

Se le notaba.

Probablemente había imaginado que le preguntaría por qué.

O que me sentiría humillada.

O incluso que le pediría que volviera a añadirme.

Pero me entró la risa.

—Gracias. Llevaba meses queriendo salirme, pero me daba apuro.

La expresión de Carmen cambió.

—¿Cómo?

—Que me ha hecho un favor.

Javier se tapó la boca con la mano para disimular una sonrisa.

Lucía no hizo ni siquiera el intento.

—Elena… —dijo entre risas.

Carmen frunció el ceño.

—No sé qué tiene tanta gracia.

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