—Nada —respondí—. Simplemente pensé que tendría que seguir recibiendo fotos de rosas con “feliz martes” hasta los sesenta años.
Andrés soltó una carcajada.
—Eso sí que sería un compromiso familiar.
—Andrés —lo reprendió Carmen.
Él bajó inmediatamente la mirada hacia su plato.
Javier volvió a mirar el móvil.
—Espera. ¿A Elena la sacaste?
—Sí.
—¿Y a mí también?
Carmen guardó silencio.
Lucía miró a su madre.
—¿También sacaste a Javier?
—Temporalmente.
Javier levantó las cejas.
—¿Temporalmente?
—Porque sabía que ibas a empezar a discutir conmigo.
—¿Sobre qué?
Carmen señaló vagamente hacia mí.
—Sobre esto.
—¿Sobre que mi mujer no es de la familia?
—No pongas palabras en mi boca.
Lucía intervino:
—Mamá, literalmente acabas de decir que en el grupo “solo están los de la familia”.
Carmen apretó los labios.
—Me refería a la familia directa.
—¿Andrés sigue en el grupo? —pregunté.
Todos miraron a Andrés.
Él levantó lentamente su teléfono.
—Sí.
Hubo dos segundos de silencio.
No pude evitar sonreír.
—Qué interesante.
Carmen se puso tensa.
—Andrés lleva muchos años con nosotros.
—Elena lleva cuatro años casada conmigo —dijo Javier.
—No es lo mismo.
—¿Por qué?
Carmen no respondió enseguida.
Y precisamente ese silencio dijo más que cualquier explicación.
Me senté finalmente a la mesa.
—De verdad, Javier, no importa.
—A mí sí me importa.
—Pues a mí no. Es un chat.
Carmen pareció recuperar algo de seguridad.
—Exactamente. Solo es un chat. No entiendo por qué estás haciendo un drama.
Javier la miró sorprendido.
—¿Yo estoy haciendo un drama?
—Sí.