—Mamá, tú has venido a nuestra casa y lo primero que has hecho ha sido anunciarle a mi mujer que la expulsaste de un grupo porque “ahí solo están los de la familia”.
—No dije “expulsé”.
—¿Qué palabra prefieres?
—La quité.
Lucía soltó una pequeña risa.
—Muchísimo mejor.
—Lucía, basta.
Empezamos a comer.
Durante unos minutos nadie volvió a mencionar el tema.
Pensé que quizá terminaría ahí.
Me equivocaba.
Mientras cortaba un trozo de pollo, Carmen dijo:
—Antes los grupos familiares eran para la familia.
Javier dejó el tenedor.
—Mamá…
—Solo estoy diciendo cómo eran las cosas.
—¿Antes de qué? —pregunté.
—Antes de que todo el mundo quisiera meterse en todo.
La miré.
—¿Yo quería meterme en el grupo?
—No he dicho eso.
—Me añadió usted.
Carmen parpadeó.
—Porque acababais de casaros.
—Exactamente.
—Quise hacerte sentir bienvenida.
—Y ahora ha decidido que ya no.
Lucía se quedó mirando a su madre.
Carmen se puso a la defensiva.
—No es personal.
Esta vez me reí de verdad.
—Carmen, me ha quitado personalmente de un grupo y después ha venido personalmente a mi casa para comunicármelo. Es bastante personal.
Javier sonrió.
Andrés se concentró otra vez en su comida.
Carmen dejó el tenedor sobre el plato.
—Últimamente siento que no puedo decir nada sin que tú encuentres una manera de responderme.
—Puede decir lo que quiera.
—Pues no lo parece.
—Y yo también puedo responder.
—Ese es precisamente el problema.
Javier levantó la cabeza.
—¿Que Elena pueda responderte?
—No me refiero a eso.
—Pues suena exactamente a eso.
Carmen respiró hondo.
—Desde que os casasteis, esta familia ha cambiado muchísimo.
Ahí estaba.
La frase de siempre.
Miré a Javier.
Él también la conocía perfectamente.
—Claro que cambió —dijo—. Me casé.
—Pero no tenías por qué alejarte de nosotros.
—No me he alejado.
—Antes llamabas todos los días.
—Tenía treinta y cuatro años, mamá.
—¿Y?
—Y ahora tengo treinta y ocho. Tengo trabajo, una casa y una esposa.
Carmen me señaló ligeramente con la mano.
—Exactamente.
Javier se quedó inmóvil.
—¿Exactamente qué?
Carmen se dio cuenta demasiado tarde de lo que acababa de insinuar.
-Nada.
—No. Dilo.
—No quiero discutir.
—Entonces no vengas a mi casa a decirle a mi mujer que no pertenece a mi familia.
Carmen palideció ligeramente.
—Yo soy tu madre.
—Sí.
—Lucía es tu hermana.
—Sí.
—Nosotros somos tu familia.
Javier asintió.
—Y Elena también.
—No es lo mismo.
—Claro que no es lo mismo. Es mi esposa.
El silencio cayó sobre la mesa.
Yo no dije nada.
No hacía falta.
Carmen miró primero a Javier y luego a mí.
—Nunca he dicho que Elena no significara nada.
—No —respondió Javier—. Solo dijiste que no es de la familia.
—Estáis exagerando una frase.
—Entonces ¿por qué la sacaste del grupo?
Carmen cruzó los brazos.
—Porque ese chat era originalmente de nosotros cuatro.
Lucía frunció el ceño.
—¿Cuatro?
—Tu padre, tú, Javier y yo.
—Papá murió hace seis años —dijo Lucía con suavidad.
Carmen bajó la mirada un instante.
—Ya lo sé.
La tensión cambió ligeramente.
Por primera vez entendí que quizá el chat significaba para ella algo diferente.
Pero eso no justificaba lo que había hecho.
Lucía habló con más calma.
—Mamá, si querías un grupo solo con Javier y conmigo, podías crear otro.
Carmen no contestó.
—No hacía falta echar a Elena y luego presumir de ello —añadió.
—No estaba presumiendo.
—Parecía bastante orgullosa —dijo Andrés.
Carmen lo fulminó con la mirada.
—Tú tampoco te metas.
Andrés levantó las manos.
—Perfecto.
Javier cogió su móvil.
—Bueno, problema resuelto.
—¿Qué haces? —preguntó Carmen.
-Nada.
Unos segundos después, el teléfono de Lucía vibró.
Luego el de Andrés.
Después el mío.
Miré la pantalla.
Javier había creado un nuevo grupo.
“Familia”.
Dentro estábamos Javier, yo, Lucía y Andrés.
Lucía empezó a reírse.
—Javier…
—¿Qué? —preguntó él tranquilamente.
Carmen lo miraba fijamente.
—¿Y yo?
Javier dejó el teléfono junto al plato.
—Pensaba añadirte.
—¿Pensabas?
—Sí.
—¿Entonces por qué todavía no lo has hecho?
Javier sonrió apenas.
—Quería comprobar primero quién consideraba yo familia.
Lucía se tapó la boca.
Yo miré a Javier.
—Eso ha sido cruel.
—Un poquito —admitió.
Carmen no encontró ninguna gracia.
—Muy bonito.
—Mamá, era una broma.
-Por supuesto.
Javier suspiró y la añadió al grupo.
Su teléfono vibró inmediatamente.
Carmen miró la pantalla.
—“Familia”.
—Sí.
—Qué original.
—No quería complicarlo.
Durante el resto de la comida, el tema no volvió a salir.
Cuando terminamos, Lucía y Andrés se quedaron tomando café.
Carmen se levantó antes que ellos.
En la entrada, mientras se ponía el abrigo, se volvió hacia mí.
—Espero que no te hayas ofendido.
La miré.
-No.
Pareció sorprendida.
—¿De verdad?
—De verdad.
—Entonces mejor.
Tomó su bolso.
Pero antes de que abriera la puerta, añadí:
—Aunque tengo una duda.
Se giró.
—¿Cuál?
—Ahora que estoy en el grupo nuevo… ¿también van a mandar fotos de flores a las siete de la mañana?
Lucía se echó a reír desde el comedor.
Carmen cerró los ojos un segundo.
—Muy graciosa.
—Pregunto para silenciarlo desde ahora.
Hasta Javier se rio.
Carmen negó con la cabeza y salió.
Pensé que ahí terminaría todo.
Pero esa misma noche, a las nueve y cuarenta y siete, mi teléfono vibró.
Un mensaje en el grupo nuevo.
Era Carmen.
Una foto de un ramo de rosas.
Debajo había escrito:
“Buenas noches, familia.”
Miré la pantalla durante unos segundos.
Javier, sentado a mi lado en el sofá, también lo vio.
—Bueno —dijo—. Creo que eso es una bandera blanca.
Sonreí.
—Puede ser.
Entonces apareció otro mensaje.
Carmen había escrito:
“Y mañana os mando los buenos días.”
La miré horrorizada.
Javier empezó a reírse.
Abrí la configuración del grupo.
—¿Qué haces?
—Silenciarlo durante un año.