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Mi hijo desapareció en un lago y semanas después su profesora encontró una carta que lo cambió todo

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La excursión era parte de una actividad escolar de fin de curso.

Caminata.

Observación de naturaleza.

Una noche en un albergue.

Lucas llevaba semanas emocionado.

La mañana en que se marchó discutimos.

Por una tontería.

Había dejado ropa tirada.

Yo estaba cansada.

Le dije:

—No quiero encontrarte todo así cuando vuelvas.

Él respondió:

—Entonces entra menos a mi habitación.

—Mientras yo pague esta casa…

Se puso los auriculares.

—No me escuches con esa cara.

—¿Cuál cara?

—La misma de tu padre cuando no quiere asumir nada.

Lo vi detenerse.

Fue un error.

Inmediatamente lo supe.

—Lucas…

—No me compares con él.

—No quise…

—Sí quisiste.

Tomó la mochila.

Salió.

No nos abrazamos.

No dije:

“Te quiero.”

Pensé que lo haría cuando regresara.

Durante dieciocho días aquella fue la última conversación que tuve con mi hijo.

La llamada llegó esa misma tarde.

La profesora Marta habló primero.

—Elena, Lucas no aparece.

Mi mente tardó segundos en entender.

—¿Cómo que no aparece?

—Estamos buscándolo.

—¿Dónde?

—En los alrededores del lago.

Me subí al automóvil sin recordar cómo.

Cuando llegué, ya había policías.

Profesores.

Estudiantes llorando.

Encontraron su mochila cerca del muelle.

Dentro estaban:

Su cartera.

Una botella de agua.

Un cuaderno.

Pero no el teléfono.

Un poco después apareció un zapato cerca de la orilla.

La hipótesis fue inmediata.

Había entrado al agua.

Quizá resbaló.

Quizá quiso nadar.

Yo gritaba:

—Lucas sabe nadar.

Uno de los agentes respondió con paciencia:

—Eso no elimina el riesgo.

Tenía razón.

El lago era profundo.

Frío.

Con zonas peligrosas.

Pero algo dentro de mí repetía:

“Lucas no se metería con ropa.”

Después encontraron la chaqueta.

Y mi esperanza comenzó a romperse.

LAS PRIMERAS NOCHES FUERON LAS PEORES
La búsqueda continuó.

Botes.

Buzos.

Perros.

Drones.

Revisaron caminos cercanos.

Casetas.

Bosques.

El teléfono de Lucas aparecía apagado.

No había movimientos bancarios.

Nadie lo había visto con claridad.

Algunos estudiantes dijeron que estaba extraño durante la excursión.

—¿Extraño cómo? —pregunté.

Un compañero respondió:

—Como preocupado.

Otro:

—Miraba mucho el teléfono.

Marta, su profesora, recordó algo.

—Llevaba semanas distraído.

—¿Y no me dijeron?

—Pensé que eran cosas de adolescente.

Me enfadé.

Después me sentí culpable.

Yo tampoco había visto nada.

Cada mañana regresaba al lago.

Los agentes me pedían que descansara.

No podía.

Me sentaba frente al agua pensando:

“Si estás ahí, te abandoné.”

Después aparecía otra idea:

“Si no estás ahí, ¿dónde estás?”

Esa segunda pregunta terminó siendo la correcta.

EL DÍA DIECIOCHO
Marta llegó a mi casa cerca de las siete de la tarde.

Tenía el rostro blanco.

—Necesito entrar.

—¿Pasó algo?

No respondió.

Sacó un sobre.

Reconocí la letra.

Lucas escribía la L de mi nombre de una manera extraña.

—¿Dónde estaba?

—Dentro de un libro.

—¿Qué libro?

—Una novela que utilizábamos en clase. Estaba guardando materiales de los estudiantes y cayó al suelo.

En el sobre decía:

“Para mamá. Solo si algo sale mal.”

No quería abrirlo.

Por unos segundos tuve miedo de que fuera una despedida.

Marta se sentó conmigo.

Abrí.

“**Mamá:

Si están buscando mi cuerpo en el lago, están buscando en el lugar equivocado.

Yo no pienso entrar al agua.

Sé que vas a enfadarte muchísimo cuando leas esto, y probablemente tengas derecho.

Pero papá me encontró.**”

Dejé de leer.

Miré a Marta.

—No.

—Continúa.

Mis manos temblaban.

“**Me escribió hace seis meses.

Al principio no respondí.

Después me mandó una foto de nosotros cuando yo era pequeño.

Dice que volvió hace casi un año.

Me pidió que no te dijera nada porque sabía que no me dejarías verlo.

Yo tampoco sabía si quería.

Pero después empezó a contarme cosas sobre ustedes.

Dice que hay una parte de la historia que nunca me contaste.**”

Sentí rabia.

No contra Lucas.

Contra Marcos.

Continué.

“**No sé quién dice la verdad.

Por eso voy a encontrarme con él durante el paseo.

Dice que estará cerca del lago y que solamente hablaremos una hora.

Si todo sale bien, vuelvo al albergue y quizá nunca tengas que leer esto.

Pero si no vuelvo, busca a papá.

Me dio una dirección que no quiero escribir completa por si alguien encuentra la carta antes.

La casa azul donde vivía la abuela Teresa.

Tú sabes cuál es.

Lo siento.

Lucas.**”

Tuve que leer el último párrafo cuatro veces.

La casa azul.

Claro que sabía.

Perteneció a la madre de Marcos.

Pero había sido vendida hacía años.

O eso me dijeron.

Estaba en un pequeño pueblo a casi tres horas del lago.

Llamé al investigador responsable.

—Mi hijo está vivo.

—Señora Elena…

—TENGO UNA CARTA.

Veinte minutos después había policías en mi casa.

La búsqueda cambió completamente.

MARCOS HABÍA ESTADO CERCA TODO EL TIEMPO

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