Investigaron rápidamente.
Descubrieron que Marcos había regresado al país once meses antes.
No estaba en ningún lugar relacionado conmigo.
Había utilizado la dirección de un conocido.
Trabajaba informalmente.
Y había evitado aparecer en sitios donde probablemente pudiéramos encontrarlo.
La antigua casa de su madre ya no estaba registrada a nombre de la familia.
Pero la propiedad contigua pertenecía a un primo.
Fueron.
No encontraron a Lucas.
Tampoco a Marcos.
Pensé que iba a morir.
Pero encontraron algo:
El cargador del teléfono de Lucas.
Y una bolsa con ropa de su talla.
Aquello significaba una cosa.
Había estado allí.
El investigador me llamó.
—Tenemos evidencia de que Lucas llegó a esta casa.
—¿Está vivo?
—Todo indica que estuvo vivo cuando llegó.
La frase “cuando llegó” me aterrorizó.
—¿Y ahora?
—Seguimos buscando.
Las siguientes cuarenta y ocho horas fueron peores que las anteriores dieciocho jornadas.
Porque antes pensaba que quizá había ocurrido un accidente.
Ahora sabía que alguien se había llevado a mi hijo.
Su propio padre.
¿POR QUÉ DEJÓ EL ZAPATO Y LA CHAQUETA?
La respuesta apareció después.
Marcos había convencido a Lucas de hacer parecer que se había alejado del grupo cerca del agua.
No necesariamente para fingir su muerte.
Según lo que Lucas contó posteriormente, la idea original era que pareciera que se había perdido durante unas horas.
Mientras todos buscaban por el bosque, ellos hablarían.
Pero las cosas se salieron de control.
Lucas dejó la mochila.
Marcos le pidió que dejara también la chaqueta porque tenía el logotipo de la escuela.
Durante el camino, uno de los zapatos cayó cerca de la orilla cuando bajaron por una zona de piedras.
Lucas quiso regresar.
Marcos no lo permitió.
—Ya es tarde —le dijo—. Ahora todos van a pensar que te pasó algo.
Ese fue el momento en que una reunión secreta se convirtió en otra cosa.
MARCOS LE HABÍA MENTIDO A SU HIJO
Durante meses había construido una historia.
Le decía:
—Tu madre me impidió verte.
—Me amenazó.
—Te alejé porque pensé que estarías mejor.
—Ella se quedó con dinero que era mío.
Algunas cosas tenían pequeñas partes de verdad.
Yo había puesto límites.
Habíamos discutido por dinero.
Hubo abogados.
Pero no le prohibí comunicarse con Lucas.
Marcos había desaparecido porque quiso.
Lucas no sabía a quién creer.
Y precisamente por eso aceptó verlo.
Cuando llegó a la casa azul, esperaba hablar una hora.
Marcos había preparado ropa.
Dinero.
Documentos.
—Nos vamos unos días —le dijo.
Lucas se negó.
Discutieron.
Intentó llamar.
Marcos le quitó el teléfono.
Después se marcharon.
LA CARTA NOS DIO LA PRIMERA PISTA, PERO NO LA ÚLTIMA
Revisando las conversaciones recuperadas de la cuenta de Lucas, los investigadores encontraron referencias a una ciudad costera.
Marcos le había prometido:
“Algún día te llevaré donde aprendí a pescar.”
Sabíamos el lugar.
Su padre había tenido una pequeña embarcación allí cuando éramos jóvenes.
La policía comenzó a buscar.
Dos días después recibí la llamada.
Nunca olvidaré la primera frase:
—Señora Elena, encontramos a Lucas.
No pregunté si estaba vivo.
No pude.
El agente continuó:
—Está bien.
Caí al suelo.
Literalmente.
Marta estaba conmigo.
Me sostuvo.
—¿Está bien?
—Sí.
—¿Dónde?
—Lo están llevando para una evaluación médica.